La ansiedad es una respuesta que todos los seres humanos poseemos, de hecho es el mismo mecanismo del miedo que aparece cuando nuestro cerebro percibe una amenaza que pone en riesgo nuestra vida. Sin embargo, hablamos de ansiedad de tipo patológico cuando este mecanismo se pone en marcha cuando no es preciso, o bien porque la supuesta amenaza no es tal, o bien porque ya ha pasado o simplemente no ha existido. 

Sin embargo, este mecanismo de ansiedad nos prepara para lo que pueda acontecer, buscando soluciones que «nos pongan a salvo». En algunos casos esta anticipación será negativa si se realiza con todo y para todo, pero en general la experiencia tiene un importante valor de adaptación para la supervivencia de la especie.  

El conflicto surge cuando nuestro cerebro dispara las alarmas y percibimos síntomas neurovegetativos como palpitaciones, sudoración,  ahogo e incluso pánico. Estos síntomas paralizan y crean un mundo amenazante en situaciones cotidianas, que interpretamos como un peligro real.

El valor preventivo del temor

El temor, junto a otras emociones, tiene un valor preventivo importante ante un posible daño que podamos sufrir. Pero cuando esta emoción se activa, es tan fuerte que puede prevalecer sobre otras funciones neurofisiológicas, emocionales o cognitivas y por esta razón la reconocemos e interiorizamos.

 

Cuando el peligro son «los otros»

Pasamos gran parte de nuestra vida dedicados a relacionarnos directa o indirectamente con otros seres humanos. Esta interacción, para la mayoría, nos resulta reforzante y necesaria porque somos seres fundamentalmente sociales, como primates que somos. Sin embargo, para un determinado grupo de personas las relaciones sociales cotidianas son un auténtico martirio y son vividas con gran malestar.

Y este malestar, al que los especialistas han denominado «ansiedad social» si cumple unos determinados criterios, es especialmente grave y determinante en sus vidas cuando son los adolescentes los que la padecen, ya que el intercambio entre congéneres modelará y modulará mucho de lo que serán estos jóvenes en el futuro. ¿Quién no recuerdo lo importante que era su grupo en la adolescencia? ¿Y los primeros amigos de la universidad, con los que empezamos a charlar de naderías y al final de nuestra visión del mundo?

Pues bien, mientras que la mayoría e los jóvenes pueden disfrutar y aprender de una conversación en grupo, para aquellos afectados por el trastorno de ansiedad social esta experiencia puede convertirse en un reto difícil o imposible de superar. 

Criterios diagnósticos del Trastorno de ansiedad social:

A. Miedo o ansiedad intensa en una o mas situaciones sociales en las que el individuo está expuesto al posible examen por parte de otras personas. Algunos ejemplos son las interacciones sociales (p. ej. mantener una conversación, reunirse con personas extrañas), ser observado (p. ej. comiendo o bebiendo) y actuar delante de otras personas (p. ej. dar una charla). 

B. El individuo tiene miedo de actuar de cierta manera o de mostrar síntomas de ansiedad que se valoren negativamente (es decir, que lo humillen o avergüencen, que se traduzca en rechazo o que ofenda a otras personas). 

C. Las situaciones sociales casi siempre provocan miedo o ansiedad. 

D. Las situaciones sociales se evitan o resisten con miedo o ansiedad intensa. 

E. El miedo o la ansiedad son desproporcionados a la amenaza real planteada por la situación social y al contexto sociocultural. 

F. El miedo, la ansiedad, o la evitación son persistentes, y duran típicamente mas de seis meses. 

G. El miedo, la ansiedad o la evitación causan malestar clínicamente significativo o deterioro en lo social, laboral u otras áreas importantes del funcionamiento. 

H. El miedo, la ansiedad o la evitación no se explican mejor por los síntomas de otro trastorno mental, como el trastorno de pánico, el trastorno dismórfico corporal o un trastorno del espectro autista. 

J. Si existe otra enfermedad, el miedo, la ansiedad o la evitación deben estar claramente no relacionados con ésta o ser excesivos. 

Terror irracional a una evaluación negativa

El trastorno de ansiedad social suele comenzar en la adolescencia, y supone un temor irracional a la evaluación negativa por parte de los demás. Este temor les induce a evitar aquellas situaciones sociales que temen no controlar. La conducta de evitación puede ocasionar una reducción de la libertad personal, un aislamiento social y una soledad impuesta casi total.

En la infancia, los estados de ansiedad son cada vez más frecuentes y muchos niños y preadolescentes parecen enfrentarse a problemas serios y aparentemente infranqueables. Según los expertos los trastornos de ansiedad en la infancia y la adolescencia son los más habituales en todo el mundo y cifra en aproximadamente 117 millones los niños y adolescentes de todo el mundo que los han sufrido en un momento de su vida.

Epidemiología de la ansiedad en la adolescencia

El 20 % de los adolescentes españoles sufre algún síntoma de ansiedad. El problema no suele resultar fácil de detectar ya que, tanto en niños como en adolescentes, puede ocultarse bajo otros comportamientos o problemas médicos. Algunos muestran su vulnerabilidad con un temor desproporcionado, con dolor físico o con la evitación de situaciones, mientras que otros reaccionan con mayor inquietud, hostilidad u oposición.

En el caso particular de los adolescentes, sus dificultades se atribuyen con frecuencia a una falta de madurez, o se tiende a banalizar su malestar como una timidez. Esta interpretación resta importancia a la gravedad de los síntomas que pueden estar experimentando y dejar pasar un tiempo muy valioso en el cual se puede tratar de forma eficaz un problema que, de no tratarse, tendrá mayores consecuencias negativas en la vida adulta.

 

Las consecuencias de la ansiedad social en la adolescencia:

Los adolescentes con ansiedad social muchas veces desconocen o no reconocen lo que les ocurre, pero tienen muy claras sus limitaciones y lo que no se ven capaces de hacer. Normalmente, se refieren a sí mismos como torpes, con dificultad para hablar con los demás. Refieren sentimiento de soledad, pocos amigos, pérdida de oportunidades y autoestima muy baja ante la frustración que les supone el hecho de ver que sus ilusiones no se satisfacen por culpa de su ansiedad.

A todo ello, se suma la inestabilidad de un cuerpo en pleno desarrollo que con frecuencia crece lo que no se desea y no crece lo que se desea, pero que tiene que cumplir con unos cánones establecidos por la sociedad y el grupo de iguales.

La ansiedad social genera todo un temor sobre la propia imagen. Quien la sufre trata de evitar que le vean como se ve a sí mismo. Teme actuar erróneamente y sufre ante la posibilidad de sentir un descrédito personal. Continuamente cree estar siendo evaluado por los demás y eso le lleva a estar alerta en cada situación temida.

Recordemos que en esta etapa avanzada de la pandemia (etapa final, esperemos), cuando se permitió ir a clase sin mascarilla muchos jóvenes prefirieron no quitársela, lo que se ha venido a llamar «el síndrome de la cara vacía», que ha generado la consiguiente alerta en psicólogos y pedagogos, percibiendo en los adolescentes un sentimiento de inseguridad, porque el hecho de llevar mascarilla les ayuda a estar más cómodos en su «yo» y «temen ser rechazados o no ser aceptados del mismo modo por sus iguales, que son tan importantes para ellos, sobre todo aquellos jóvenes «populares» que marcan el estándar de lo que es «lo mas». 

Durante la pandemia, la mascarilla en la adolescencia ha supuesto «una barrera más, de las que muchos jóvenes tienen para poder cubrir o tapar posibles cambios físicos que sufren», como el brote del acné, el vello en la cara o el aparato de ortodoncia, unos cambios que «les cuesta tanto asumir y que la mascarilla, de alguna forma, ha servido para cubrir».

De otro lado, también subyace el aspecto emocional o más psicológico, ya que «muchos adolescentes, a esa edad, están creando su identidad, reconociendo su interior y aceptándolo», y a «los más introvertidos, más tímidos y más inseguros -prosigue- la mascarilla les ha servicio un poco de protección». Para aquellos que podrían haber iniciado una situación de ansiedad social, el hecho de quitársela les ha supuesto una dificultad añadida. 

Al margen de este tema tan concreto que nos ha traído la pandemia, las consecuencias de la fobia social son amplias: se asocia con tasas elevadas de abandono escolar y con alteración del bienestar, el empleo y la productividad laboral, así como un descenso del nivel socioeconómico y de la calidad de vida. El trastorno de ansiedad social también se asocia a estar solo, soltero o divorciado, e impide las actividades de ocio. Pero yo añadiría un riesgo, que en muchos casos aquel que sufre ansiedad social la combate con la ingesta de alcohol (el ansiolítico mas antiguo del que dispone la humanidad) sin embargo, ansiolítico a cortísimo plazo y un gran peligro de adicción sin que realmente se resuelva el problema.