Si digo “depresión” no me refiero a un momento de tristeza, fastidio o abatimiento. La palabra depresión ha pasado a ser un término tan de uso corriente que prácticamente se ha vaciado del contenido clínico del concepto. 

El término médico “depresión” hace referencia a una enfermedad, un trastorno del estado del ánimo que interfiere significativamente en la vida de quién lo padece. Sin embargo, para entender mejor el concepto quizá convendría aclarar a que nos referimos cuando hablamos de estado de ánimo.

El estado de ánimo hace referencia a una actitud o disposición emocional. No se trata de una emoción transitoria, sino que tiene una forma de permanencia, de estar, cuya duración es prolongada y determina o tiñe el resto del mundo psíquico.

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Realmente, todos tenemos la experiencia de las fluctuaciones del humor, y que estas son moduladas por la satisfacción o insatisfacción de las necesidades instintivas, relacionales o culturales. Sin embargo, al margen de las fluctuaciones “normales” o naturales” existen estados anímicos que calificaríamos de patológicos:

  • El humor o estado de ánimo depresivo: en los que se expresan matices desde la languidez, la nostalgia, el desaliento, la tristeza y en la depresión más profunda, la tristeza patológica y el dolor moral.
  • El estado de ánimo disfórico: habitualmente en psiquiatría se utiliza el término “disforia” para definir un síntoma de displacer, que mezcla diferentes estados como la ansiedad, la tristeza, la rabia, la irritabilidad, el malhumor, el temor y la impotencia. Es una percepción muy desagradable que puede aparecer en múltiples trastornos psiquiátricos, no sólo en la depresión, pero también en ésta.
  • Estado de ánimo expansivo o hipertimia: expresa matices desde la satisfacción, el bienestar, la felicidad o la euforia hasta el éxtasis. Esos estados de exaltaciones son de muy diversos grados, desde una leve hipertimia habitual en personas hiperactivas y muy “enérgicas” hasta la gran excitación tanto del humor, como de las ideas como de la actividad motora de la manía en el trastorno bipolar.
  • Humor neutro. A diferencia de la eutimia (que vendría a significar la normalidad, un buen estado anímico con sus fluctuaciones dentro de márgenes razonables) un estado anímico neutro o indiferente puede apreciarse en algunas cuadros clínicos como los trastornos del espectro autista o en algunos pacientes con esquizofrenia de tipo negativo.

Volviendo a la depresión, ya he mencionado que el estado anímico característico es la tristeza, pero no la experiencia de tristeza que todos hemos vivido…

En los estados depresivos la tristeza es constante, así como el decaimiento, la irritabilidad (también el humor disfórico), la sensación de malestar, impotencia, frustración, abatimiento y vivencia de desesperanza.

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Y no solo esto, ya que aunque el núcleo principal de la depresión es la alteración del estado de ánimo, también se expresan otro tipo de síntomas:

  • Cognitivos: una disminución del rendimiento intelectual, pérdida de memoria, atención y concentración.
  • Volitivos: incapacidad en la toma de decisiones, aunque estas sean nimias, perplejidad frente a la situación que se está viviendo, como una especie de pérdida global del autogobierno psíquico. Asimismo experimentará una incapacidad para experimentar interés o placer por el entorno o sus actividades.
  • Ideativos: la negatividad está siempre presente, con una gran tendencia al pensamiento fatalista, así como la ideación obsesivoide acerca del propio estado. También puede presentarse ideas hipocondríacas, que están “avaladas” tanto por las molestias físicas que sufre el paciente con depresión, como por la búsqueda de una explicación a tan intenso malestar. Además de las ideas hipocondríacas hay otros dos temas que clásicamente se han descrito como típicos de esfera de pensamiento del paciente con depresión: las ideas de ruina y la ideación de culpa, que en los casos más severos pueden llegar a ser delirantes.
  • Somáticos: estos abarcan desde el cambio en la expresión facial, que será de pesar y preocupación, cambio en la musicalidad de la voz, con una expresividad aplanada. Pero además pueden presentarse una pléyade de síntomas físicos, molestias digestivas, cefaleas, sensación de cansancio o fatiga extrema, alteraciones del apetito y del ritmo de sueño.

Como en todas las enfermedades, no todas las personas con un trastorno depresivo tendrán los síntomas idénticos y en la misma intensidad. La forma de presentación dará pie a que el diagnóstico sea más preciso, es decir, no solo con un nombre: trastorno depresivo, sino con una multitud de “apellidos”, en función delo ya mencionado, síntomas, intensidad, duración y recurrencia de los mismos.

En las depresiones más graves (de hecho, muy graves)  el paciente puede sufrir ideas delirantes (es decir, puede perder el contacto con la realidad) Como ejemplo: una persona puede estar preocupada por su economía, pero un paciente con un trastorno depresivo mayor psicótico puede creer que se encuentra en la ruina, y no querer gastar dinero en su alimentación… cuando su situación económica real es totalmente saneada o incluso muy holgada. Si los temas se refieren a los mencionados (hipocondría, culpa y ruina) se dice que tiene un trastorno depresivo mayor con ideas delirantes congruentes con el estado de ánimo. En otros casos, el delirio puede ser todavía más extravagante.

Existen diferentes tipos de depresión, que responden a causas muy diversas. A nivel popular, sólo se “entienden” las depresiones como respuesta a un problema externo y objetivable que haya sufrido el paciente: un fracaso sentimental, una pérdida de cualquier tipo, un revés económico o familiar… o como mucho una situación de estrés o sobrecarga en la que han coincidido diversos elementos.

Sin embargo, parece claro que algunas formas de depresión son de origen genético, lo que implica una predisposición hereditaria a padecer un déficit de algunos neurotransmisores cerebrales, principalmente de serotonina y dopamina. En otros casos es un trastorno orgánico, como una enfermedad hormonal, lo que puede alterar estos mismos neurotransmisores. Y cada día se describen más correlatos fisiológicos que actúan como precipitantes para sufrir un trastorno depresivo.

En otros casos puede apreciarse que el cuadro depresivo que sufre el paciente tiene su origen en problemas psicológicos, como una baja autoestima o un estilo de pensamiento distorsionado, que sólo deja pasar los estímulos negativos y no aprecia los positivos.

Desde luego que también hay depresiones que se precipitan ante acontecimientos o factores del entorno del sujeto, especialmente cuando le afectan de manera continuada y que el impacto de dichas situaciones sobre el sistema nervioso central puede también alterar también la fisiología de la neurotransmisión cerebral y desencadenar un cuadro depresivo. Sin embargo, hay que discurrir que cuando un problema ambiental nos afecta hasta causarnos una depresión, con toda seguridad interviene otro de los factores causales antes mencionados.

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Pensemos para finalizar que la depresión es extremadamente frecuente, una de cada cinco personas la sufrirá a lo largo de su vida… y lo que es más espeluznante, es que casi la mitad de estas personas no recibirán un diagnóstico (ni por supuesto un tratamiento), elevándose este porcentaje en países no industrializados (hasta el 90%)… O sea, que la depresión no es una enfermedad propia de nuestra sociedad. Es una enfermedad, que causa dolor e incapacidad. Pero tiene tratamiento.